miércoles, 1 de julio de 2020

Camino tortuoso, ¿dónde quedaré?




¡Que lejos estoy de estar 
en esa calma que busco!
Las viejas inclinaciones, 
costumbres y aprendizajes, 
me acosan constantemente, 
estoy a diario a prueba, 
incansablemente, 
cada vez más exigido.
No ha de ser nada fácil 
hallar el propio camino, 
la propia verdad y la propia vida;
cargar con el propio yo 
sin mirar a los de otros; 
desprenderse de aquello 
a que fuimos obligados
siendo niños, 
sin que entendiéramos 
qué era lo que ordenaban
como única verdad.
¡Cómo podíamos saber 
recién venidos al mundo, 
de las ciencias que este mundo 
enseña como verdades!
Entonces, y desde entonces 
hemos estado buscando
cuál será nuestro camino, 
nuestra verdad, y por ellos, nuestra vida.
Borrar todo lo escuchado 
y escuchar desde allí dentro, 
donde el espíritu aguarda, 
espera, dese hace eones,
que alguna vez, 
entremos a consultarle, 
a ver qué tiene de nuevo 
para cada uno de nosotros, 
allí, en ese lugar sagrado 
que a todos 
nos ha sido dado y donde , 
es muy raro que entremos 
o que siquiera conozcamos, 
a pesar de ser el más auténtico 
componente de quienes somos.
Hace falta estar atentos, 
guardar largos silencios, 
poner la mente tan hueca, 
como si en ella, jamás, 
hubiera existido nada.

Oír sin escuchar nada 
que desde fuera resuene:
seguro sólo es valioso 
aquello que se oiga dentro.
Aun así, amigos míos, 
no ha de resultar fácil 
acceder a ese lugar, 
está cercano y dispuesto, 
sólo hace falta llegar.
Una vez allí instalados,
aprovechar los segundos
porque será tan fugaz
el encuentro que tengamos,
que ha de parecer delirio,
ilusión o fantasía.
Pero la sed que despierte
este encuentro con lo eterno,
hará que busquemos otro
y encontremos las respuestas.
Nos ha de llevar la vida,
si es que hemos despertado,
si no, ¡ay, amigos míos!
habremos quedado huérfanos,
ignorantes, ciegos, desolados.