Ahí está, dulcemente recordado
en aquella mañana, en el arroyo;
mis pies y los suyos en las piedras,
mis pasos cautelosos encima de ellas
y por su mano, firmemente sostenida.
Esa fuerza escondida en su amor,
me llevó hasta la otra orilla.
No podía yo saber que a partir
de aquel momento,
no iba a ser ninguna orilla
ni lejana, ni temida.
Sus palabras, suavemente moduladas
por el susurro del agua acompañadas,
serenidad y certeza me regalaron
de su enorme presencia en mi vida.
Mucho tiempo ha transcurrido,
muchas cosas han pasado,
y sin embargo, él ha crecido con
su apoyo, su coraje y valentía.
En cada momento de mi vida
la luz de su presencia brilla intensa
y me ilumina, y vuelvo hacia él mi cara agradecida
igual que aquella vez en que compartimos
el cruce del arroyo tan temido.
Es a mi grandioso padre, a quien dedico estas y otras muchas palabras y sentires de mi vida actual. en la que él habita como si jamás se hubiera ido de mi lado, tal como sentí siempre que estaba, asistiendo mis necesidades más invisibles a los ojos de cualquier otro que no fuera él.
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