martes, 22 de enero de 2019
Escollera
Estoy en la escollera,
fiera, peligrosa,
alta, solitaria, lejana, inmersa en el mar,
soportando sobre ella, viendo, oyendo,
los embates incesantes del mar,
Tan solitario estoy como ella,
tan indefenso como ella,
tan endurecido y apretado como ella.
El temor me recorre la espina,
pienso en mi vida tan tirana
y dueña de mí, tal como el mar
es de la Tierra.
Su constante movimiento
se asemeja a la caudalosa
y cambiante marejada de emociones
que nos chocan y arremeten cada día
desde todas partes y que no podemos
manejar desde nuestras también
revueltas emociones, ecos de tanta
revolucionada actividad.
Me veo, solo, infinitamente solo,
soy hombre y mujer, soy humano,
un ser viviente que heróicamente
trata de sobrevivir tanta tempestad
avasallante.
Se me ocurre pensar a los demás
en sus conductas, tal como veo
las furia del océano, imparables
impredecibles, invencibles...
¿Somos cada uno de nosotros
una horrible tempestad desatada
que jamás encuentra sosiego
ni quietud?
¿Dónde estará el final de esta lucha?
He llegado al final de la escollera
y me veo más rodeado aún de la
violencia de las aguas, sin tregua,
sin rumbo, encerrado en la intemperie.
¿A este fin se asemeja el nuestro?
Una aporía de la existencia.
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