Todo es sueño, afortunados aquellos
que así lo hayan comprendido y así
lo sostengan en sus días, sean como sean
y vengan como vengan.
Lo inmutable parece ser la muerte,
jamás cambia, y a todos nos toca;
sea como sea, llegue cuando llegue,
se produzca como se produzca,
tarde o temprano.
Precisamente ese es el comienzo
de lo que no perece,
es la puerta a la eternidad
desconocida para nosotros,
y por inmutable es la puerta
a lo eterno: no hay final en ella.
Por qué temer a lo que nos dará
la verdadera vida de conocimiento,
sabiduría, amor, luz y elevación
sin fin.
Escribir estos pensamientos
se parece a estar tejiendo delicadamente
y con sigilo, con hilo de seda y con delicados
nudillos, pero imposibles de desatar,
para que sean fuertes y afirmados, suaves
sostenes de nuestro crecimiento en el conocimiento de la verdadera naturaleza
de esta vida, y hacia dónde nos lleva,
según caminemos.
Estar prevenidos para no terminar
amando al opresor que existe en nosotros
y odiando al oprimido que hay en todos:
somos ambas cosas.
Sanarse es entrar: la puerta para sanar
sólo se abre hacia dentro
cuando nosotros lo permitamos;
entrar dentro de nosotros para ver quiénes
somos y desde allí,
trabajar nuestro aprendizaje
para saber cómo ser.
Entonces, ahí cuando empecemos a
aprender, aprenderemos dos veces:
una vez cuando lo veamos y otra
vez cuando intentemos practicar
lo hallado y caminar hacia la sanación.
Cuando encontremos la verdad
de lo que es inmutable, veremos
que no hay muerte ni final
porque todo ha sido un sueño
y la vida verdadera no estaba aquí,
sino luego de atravesar el umbral
hacia la luz, el amanecer de nuestro
verdadero ser; el espiritual.
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