jueves, 24 de octubre de 2019

Al fin, he comprendido

¡Vieja existencia!

He caído, cansado y marchito,

ya sin fuerzas he detenido mi andar.
No fueron aquellas penas padecidas
con las que tanto he luchado.
No fue, tampoco, el cuerpo gastado
ni la vejez aciaga, tránsito de la 
despiadada biología.

Fue tan solo mi deseo de irme,
de abandonar este plano,
de caminar al encuentro de la muerte,
estando ya sin nido, olvidado hace tiempo
de quienes juraban haberme amado.


Fue que ya estaba harto 

de mi limitación solitaria,
y de tanto pensamiento repetido

e inútiles rodeos sobre mí mismo.

Con mi muerte llevaría 
para siempre, guardadas
mis secretas historias,
las pasiones anidadas,

las vanas ilusiones perdidas.

Y la bendecida y anhelada muerte
también, acarrearía en sus brazos,
todo aquello que esperé 
y jamás vi a mi lado.

Cuánto pesar, cuánto remordimiento
ya no seré para nadie,
ni nadie podrá ser para mí,
y ya jamás soñaré con un amor 
correspondido.

Algo incomparable hay en el pasado:
es que no vuelve, ni se repite,
entonces, de cuánto pesar
me habré librado
cuando parta y no regrese
a repetir de esta vida
ni un mínimo instante.   

Me pregunto todo el tiempo,
¿para qué habré estado?
 No encuentro una respuesta
que me satisfaga,
no sé quién soy, ni quién
no he sido.

lunes, 21 de octubre de 2019

Insatisfacción


He dado tantas vueltas
he andado sin ver
he estado ciego, aun mirando;
he oído, he escuchado,
nada he entendído de lo vivido.

He llegado hasta hoy
y creo que nosin he vivido.
Estoy como estancado,
sin haberme movido.

Un enorme páramo
me rodea, me encierra,
camino sin rumbo;
la ciénaga me envuelve,
me hundo...

Asfixiado estoy,
quiero escapar,
desaparecer, otra vez
desaparecer. 

Creía no estar,
mas estaba sin ser.
Levanto mis párpados
y salgo de mí:
¿hacia dónde voy?
No lo sé.

sábado, 12 de octubre de 2019

En un ancho río, un remanso (Cuento)


Estoy en la ribera del río,
hermoso, ancho, caudaloso,
claro, transparente, sobre el lecho
de pulidas piedras. Un lugar,
donde el silencio obliga a oír
el profundo interior
y los  pensamientos
vuelan de orilla a orilla. 
A mi lado, juega un niño,
pequeño, feliz, pleno;
corre y salta sin cesar y 
adorna su risa las cantarinas aguas
y el intenso verdor de la fronda.
Corre tras las mariposas y esquiva
los árboles, luego se oculta tras sus
gruesos troncos. Desde allí, me grita,
provocándome para que lo encuentre.
Parece un sueño de los mejores,
esos de los cuales no deseas despertar;
y en esas sensaciones me encuentro, cuando
noto que en sus juegos, el peligro le acecha;
sus correrías cercanas al agua,
sus saltos entre las frondosas matas,
sus despariciones intencionadas
y sus reiteradas bromas desde las altas ramas
donde se trepa. Espanto con un ademán
esos pensamientos sombríos.
Cierro mis ojos, descanso y me repliego
en un placer incomparable.
De pronto, un silencio me alerta;
es demasiado prolongado, hay algo que
me advierte, me sobresalta.
Busco al niño y no lo hallo,
corro y grito su nombre, quiero creer
que se ha escondido, que juega, que allí
le veré, de pronto, riéndose de mí.
El niño no aparece; mi desesperación
despierta todos mis sentidos, 
la angustia me ahoga, tiemblo.
Veo, a lo lejos, flotar en medio del río,
su sombrerito blanco, ese sombrerito en el
que tanto insistí para protegerlo del sol. 
Quedé paralizado, horrible frío 
congeló mi espina. Comprendí al instante:
La superficie mansa y lisa del remanso,
oculta, indiferente, en su hondo vientre
el cuerpo del niño. Él ya no está,
se ha caído, o se habría resbalado
y no habrá forma de volver a hallarlo.
Pienso, agitadamente, desordenado,
aterrado, qué debería hacer.
Comprendo, en la incontenible desesperación
que me arrasa, que debo lanzarme al agua;
no puedo; mi cobardía puede más que todo.
No me muevo, mientras todo mi ser
se empequeñece, se apoca, se avergüenza.
Pero es inútil: no puedo, jamás podría;
soy una madeja de carnes fofas 
únicamente capaz de sentir miedo,
miedo de arrojarme al agua,
miedo de hundirme y no poder salir,
como él. La consciencia de lo irremediable
me va trascendiendo. Ya nada es posible.
No puedo nadar, no puedo gritar,
no puedo ir por ayuda, no puedo,
no puedo, no puedo. 
Trágico final, horror, culpa,
su muerte es la mía, pero sigo viviendo.
Y comprendo, que mi culpa tendrá
el castigo de saberme responsable,
de no haber intentado, de no haber sido
quien salve su vida, de no haber visto
a tiempo. Pero tengo la horrible certeza
de no haber sido capaz, aun viendo,
de arrojarme a rescatarlo
y esa certeza es mi castigo
que acabará solamente,
con mi propia muerte.

martes, 1 de octubre de 2019

Sin rumbo (Reflexiones)


Vagamente, recuerdo haber andado
por la vida. Ningún rumbo certero
he encontrado en mis años caminados,
ni niguna experiencia que valiera
como un importante hito en el que,
atento, me detuviera para cambiar
el rumbo, sabedor de algún acierto.
Ninguna ruta he acertado; todos mis
pasos han sido erróneos e inútiles;
ahora que lo sé, ya es tarde para desandar
lo andado o corregir lo actuado.
He hecho daño o no he hecho nada;
¡ah!, tiembla mi ser gastado en vanas
experiencias. ¿Qué responderé
cuando al eterno tribunal me vea
enfrentado?
Tiembla mi ser y no tengo respuestas;
he buscado y rebuscado entre mis lejanos
recuerdos, y nada he encontrado.
Los largos pasillos en los que se 
zambulle mi alma, terminan en honduras
sin salida, y oscuros pantanos de vergüenza.
¡Ah!, qué haré me pregunto, ahora que ya
es tarde. 
Acaso, ¿este dolor de no haber sido
me traerá ser de otro modo, y ganar, en este
último instante, algún valor que justifique
la vida recibida?