¡Vieja existencia!
He caído, cansado y marchito,
ya sin fuerzas he detenido mi andar.
No fueron aquellas penas padecidas
con las que tanto he luchado.
No fue, tampoco, el cuerpo gastado
ni la vejez aciaga, tránsito de la
despiadada biología.
Fue tan solo mi deseo de irme,
de abandonar este plano,
de caminar al encuentro de la muerte,
estando ya sin nido, olvidado hace tiempo
de quienes juraban haberme amado.
Fue que ya estaba harto
de mi limitación solitaria,
y de tanto pensamiento repetido
e inútiles rodeos sobre mí mismo.
Con mi muerte llevaría
para siempre, guardadas
mis secretas historias,
las pasiones anidadas,
las vanas ilusiones perdidas.
Y la bendecida y anhelada muerte
también, acarrearía en sus brazos,
todo aquello que esperé
y jamás vi a mi lado.
Cuánto pesar, cuánto remordimiento
ya no seré para nadie,
ni nadie podrá ser para mí,
y ya jamás soñaré con un amor
correspondido.
Algo incomparable hay en el pasado:
es que no vuelve, ni se repite,
entonces, de cuánto pesar
me habré librado
cuando parta y no regrese
a repetir de esta vida
ni un mínimo instante.
Me pregunto todo el tiempo,
¿para qué habré estado?
No encuentro una respuesta
que me satisfaga,
no sé quién soy, ni quién
no he sido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario