Estoy en la ribera del río,
hermoso, ancho, caudaloso,
claro, transparente, sobre el lecho
de pulidas piedras. Un lugar,
donde el silencio obliga a oír
el profundo interior
y los pensamientos
vuelan de orilla a orilla.
A mi lado, juega un niño,
pequeño, feliz, pleno;
corre y salta sin cesar y
adorna su risa las cantarinas aguas
y el intenso verdor de la fronda.
Corre tras las mariposas y esquiva
los árboles, luego se oculta tras sus
gruesos troncos. Desde allí, me grita,
provocándome para que lo encuentre.
Parece un sueño de los mejores,
esos de los cuales no deseas despertar;
y en esas sensaciones me encuentro, cuando
noto que en sus juegos, el peligro le acecha;
sus correrías cercanas al agua,
sus saltos entre las frondosas matas,
sus despariciones intencionadas
y sus reiteradas bromas desde las altas ramas
donde se trepa. Espanto con un ademán
esos pensamientos sombríos.
Cierro mis ojos, descanso y me repliego
en un placer incomparable.
De pronto, un silencio me alerta;
es demasiado prolongado, hay algo que
me advierte, me sobresalta.
Busco al niño y no lo hallo,
corro y grito su nombre, quiero creer
que se ha escondido, que juega, que allí
le veré, de pronto, riéndose de mí.
El niño no aparece; mi desesperación
despierta todos mis sentidos,
la angustia me ahoga, tiemblo.
Veo, a lo lejos, flotar en medio del río,
su sombrerito blanco, ese sombrerito en el
que tanto insistí para protegerlo del sol.
Quedé paralizado, horrible frío
congeló mi espina. Comprendí al instante:
La superficie mansa y lisa del remanso,
oculta, indiferente, en su hondo vientre
el cuerpo del niño. Él ya no está,
se ha caído, o se habría resbalado
y no habrá forma de volver a hallarlo.
Pienso, agitadamente, desordenado,
aterrado, qué debería hacer.
Comprendo, en la incontenible desesperación
que me arrasa, que debo lanzarme al agua;
no puedo; mi cobardía puede más que todo.
No me muevo, mientras todo mi ser
se empequeñece, se apoca, se avergüenza.
Pero es inútil: no puedo, jamás podría;
soy una madeja de carnes fofas
únicamente capaz de sentir miedo,
miedo de arrojarme al agua,
miedo de hundirme y no poder salir,
como él. La consciencia de lo irremediable
me va trascendiendo. Ya nada es posible.
No puedo nadar, no puedo gritar,
no puedo ir por ayuda, no puedo,
no puedo, no puedo.
Trágico final, horror, culpa,
su muerte es la mía, pero sigo viviendo.
Y comprendo, que mi culpa tendrá
el castigo de saberme responsable,
de no haber intentado, de no haber sido
quien salve su vida, de no haber visto
a tiempo. Pero tengo la horrible certeza
de no haber sido capaz, aun viendo,
de arrojarme a rescatarlo
y esa certeza es mi castigo
que acabará solamente,
con mi propia muerte.
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