Al fin descansa aquí quien tanto caminó.
Caminó en busca libertad y no la consiguió.
Caminó para saciar su hambre, y pocas veces pudo.
Caminó para buscar su pan y en vez de ganarlo,
hubo de ser más astuto cada vez, para poder subsistir.
Aquí yace el llamado Lazarillo de Tormes,
e intenta descansar de sus duros trajinares,
que en ocasiones consolaba con el vino que lograba conseguir.
Pasó frío, pasó hambre, sufrió golpes, y a todo se sobrepuso.
En la crueldad de sus días, sacó a la luz la maldad e hipocresía de quienes lo tomaron a su servicio; creció él desde su miseria y se envilecieron aquellos que se creyeron superiores a él.
Fue apaleado y acusado de ladrón, de haragán, y muchas veces fue verdad, mas no había más remedio que robar de lo que sus mezquinos amos escondían del alcance de su hambre.
De tantas adversidades, con su picardía logró sobrevivir a sus desdichas y a nueve amos, a cual de todos peor.
Su picardía y su astucia lo salvaron, una y otra vez, pero a la muerte implacable no la pudo engañar, y es por eso que, lo haya querido o no, esta tumba hoy lo encierra para nunca más salir.
¡Y por fin, aquí es de esperar, que este amo final ya no le haga padecer!
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