jueves, 3 de diciembre de 2015
Arena en los ojos
He sentido que mis ojos
se llenaban de arena y dolían
sin remedio ni alivio.
Tormentas violentas de arena
ardiente me golpearon el rostro.
Espinas agudas se clavan
en mi carne y sé que las heridas
van a durar, y que esas cicatrices
me van a marcar el resto de
lo que mi vida dure.
Me sorprendió el torbellino
y, atónito, desesperé;
hice aquello que no quise,
me acobardé, gemí y lloré,
y vi cuán débil era, y soy.
Caminé indeciso y temeroso
y he perdido los arrestos
que antaño creí poseer para
enfrentar los vericuetos
de la vida, tantos y tan
intrincados e inesperados.
Ahora...¿qué me queda
sino esperar, cabizbajo
y obediente, la próxima
tormenta que arrasará
mis días con violencia,
sin pausa y sin apuro?
No digo más que estoy
con los avíos necesarios
para transitar la vida:
es mentira, no tengo
nada, y nada me ha servido
para obrar como quería.
Tan débil voluntad,
tan poca valentía,
tan dolida carne,
tan frágil corazón,
tan escondida el alma.
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