lunes, 13 de mayo de 2019
Desintegrarse o vivir
Desintegrarse en jirones de dolor,
destrozarse en cada día de nuestra vida,
dejar los pedazos en nuestras experiencias
en el camino, arrastrándolas, encadenados
a ellas como si fueran pesados grilletes
que nos impiden avanzar.
Abrir los ojos un día
y percatarse de que la decisión
del cambio está en cada uno de nosotros
y que no necesitamos arrastrar las cadenas
de nuestras frustraciones y penas
sino más bien, empezar a crear nuevas
opciones de vida con entusiasmo y renovación;
de caminos antes nunca recorridos, ni siquiera
vistos o imaginados.
Cada día hay un nuevo aire en nuestra
nariz, y vemos la novedad ante nuestros ojos,
los sonidos antes jamás escuchados
ni atendidos, y menos aún, comprendidos.
Las palabras cotidianas se transformarán,
nuestros seres queridos tendrán otro cariz,
oiremos frases que antes no habíamos interpretado
y reflexionaremos acerca de su significado antaño
incomprendido.
Los espectros que comenzarán a emerger
al principio nos aterrarán, mas luego,
a medida que vayamos reconociendo
su origen y causa, integraremos sus formas
a lo que somos en el presente y lo que habíamos
creído ser antes, sin ver los espectros,
desaparacerá y cambiará progresivamente
nuestro modo de vivir, suavemente,
no sin dolor y esfuerzo.
Lentamente, y para nuestro asombro,
nos sentiremos cada vez más aliviados
y avanzaremos por la vida, por cada día,
sintiendo esa liviandad de saber que al
fin, somos libres de todo, y que todo
fluye sin que intervengamos en su fluir.
Mejor aún, ya que nuestras intervenciones
anteriores fueron casi siempre grandes errores
o eso parecieron, por los resultados que hoy
contemplamos.
Si nos abstuviéramos por completo de intervenir,
y, callados y contemplando, entregados,
comenzáramos a vivir, otro sería el recorrido
hacia el mejor lugar al que podremos regresar:
el punto de nuestro comienzo, nuestro verdadero
y único origen.
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