sábado, 30 de mayo de 2020

Inexplicable


Celos injustificados,
reproches inútiles, amargos, 
colmados de furia ciega;
trato inmerecido, no comprendido.
Arrecian, horribles, los insultos:
la sombra, otra vez ella, satisface su ira
sin piedad ni consideración ninguna;
destruye, rompe, aniquila.

Y, al pensar en todo ello
aprendo, con dolor en el alma
cuánta injusticia nos colma;
llenos de pensamientos crueles,
hacemos nuestra jugada,
herimos a quien nos ama
ya sea con indiferencia,
sea con desprecio, 
¡oh, espanto! por placer,
o simplemente, por ausencia. 

Después, pasada la tempestad,
vuelve el verdugo a su víctima
entre halagos y requiebros,
lisonjero, casi tierno y con dulzura
va ganando su confianza y cercanía,
mientras sanan algunas de sus heridas,
porque otras, son tan hondas
tan profundas; casi han hendido
al pobre ser sobre el que abundaron
golpes, insultos y maltrato, hasta creer
que todo ha sido un rapto de locura. 

Se vuelve todo tan confuso
irreal, brumoso. Parece no haber ocurrido.
¿Cómo puede tal tormento
caer en olvido voluntario
semejante a la amnesia de la guerra?
Aquí, con el alma en mis manos,
pienso que tales hechos son
horrores de los que somos capaces
solamente los humanos.
Y también solamente los humanos
somos capaces de volver
a apoyar mansamente la cabeza
en el pecho de nuestros verdugos.

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