El ocaso de la vida
debiera parecerse al ocaso diario:
Ese crepúsculo piadoso
en el que las formas
se tornan difusas
y las imperfecciones se desvanecen,
embellecido todo por la nube dorada,
del sol en retirada.
La última hora del día
despide lo que existe
con gran delicadeza
y a medida que la noche avanza
desaparece el día en bella retirada.
Si fuere posible, suavizar nuestras
pasiones a la luz del propio ocaso,
entonces esa despedida sería perfecta.
Nos retiraríamos, silenciosos, hermosos,
aterciopelados...
Y los que nos vieran partir,
¡ah!, aquellos que nos despidieran,
lo harían con la gracia misma de
nuestra despedida.
¿Sería acaso el ocaso de la vida
una pobre imitación del diario
ocaso del luminoso astro?
Si esa fuera la escena de la muerte,
y si fuéremos de tal modo embellecidos,
con delicado estilo este mundo dejaríamos,
acompañados de miradas amorosas
y rostros hermoseados por tal luz.
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