Los cuerpos quietos,
prisioneros obligados
impedidos, detenidos,
asustados, perdidos
en sus propios miedos,
en sus propias brumas,
adoloridos, atribulados.
Desunidos, impedidos,
tristemente deprimidos;
practicando la obediencia
a órdenes desconocidas
y mandatos alocados.
Rostros ocultos, brazos caídos
pasos temerosos,
rumbos inciertos,
mentiras frecuentes;
total confusión
trastorna las mentes.
En tanta parálisis
el espíritu inquieto
se torna mayor;
alumbra tinieblas,
sin razonamientos,
libre como el viento,
radiante como el sol.
Toma revancha:
al fin a sus anchas
tiene amplitud,
gran abundancia.
La luz refulgente
trasciende los cuerpos
de esa inmóvil gente
que ignora Su Obra,
cambiando sin saber
que, Inmóvil por fuera
se mueve por dentro
con tal magnitud
como nunca ha tenido.
Es que el Espíritu
No es prisionero
Jamás está quieto
Nunca desunido
Eterno y Sabio
Siempre libre
Siempre sano;
Siempre íntegro,
a pesar de todo
sigue siendo Él.
Sólo se mueve
Para crecer.
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