Para ser oído se debe hablar quedo,
pero las blancas perlas, tersas, suaves, delicadas,
son pisoteadas cuando nadie ha visto
caer sus cuentas.
Y se alejan tristes, sin haber hecho mella,
que no hace efecto lo que no llega.
Una vez dichas, no me pertenecen
pero tampoco a ti
pues no las tomaste, por no escucharlas.
¿Quién es el culpable
de este silencio, que es única respuesta,
que no es respuesta?
Mi tristeza es la carga que ellas contienen
y ya son grises nubes evanescentes.
Hoy decidí decirte lo que quiero que oigas
y el esmero adorna cada una de ellas.
Esperanza nueva llevan mis palabras,
¿escucharás esta vez lo que te dicen ellas?
Salieron de mil modos, nunca pensados
y tú me mirabas, el asombro pintado
en tu cara distinta.
Hoy, por fin, escuchaste.
Pero vuelvo, contrito, mi cara de lado,
pues no comprendiste.
Un huracán arrasó tu mente, y la mía también,
y todo quedó deshecho,
y no contestaste nada
y en silencio, de nuevo, caminaste lento
y te alejaste.
Te vi en la distancia, y un abismo mudo
llenó mis ojos y mi ser todo.
Si tú no escuchabas,
¿por qué estabas cerca?
Acaso esperabas otras palabras...
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