¡No te vayas!, dijiste.
Era un ruego tu mirada, toda ella, en sí misma.
Tus ojos me seguían, y tu rostro era un vacío.
Tu desconsuelo se pegó a
mi espalda
Y por mi espina tu llanto
corría.
¡No te vayas!, dijiste.
Y tus brazos vacíos
querían retenerme
Y tus manos se extendieron
Desesperadamente.
Se iban conmigo, te quedabas sin ellas.
¡No te vayas!, dijiste.
Pero ya era tarde.
¿Por qué no lo gritaste
antes de mi olvido?, dije.
Yo confundí tu silencio;
Para mí, era indiferencia.
Tú, pensabas que nada
faltaba
Y que todo estaba dicho.
Ahora, ¡ahora ya es tarde!
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