¡Creer!
Esa gloria que enaltece
Ese saber tan precidado
Ese don tan necesario
Esa paz que habita el alma
Esa sustancia eterna
Esa esperanza en la fé
Ese vivir mansamente
Esa alabanza sedienta
Esa sed de mayor gracia.
¡Creer!
Esa gloria que enaltece
Ese saber tan precidado
Ese don tan necesario
Esa paz que habita el alma
Esa sustancia eterna
Esa esperanza en la fé
Ese vivir mansamente
Esa alabanza sedienta
Esa sed de mayor gracia.
Una voz interroga,
atesora la pregunta.
sin saber aún
que toda pregunta
es una puerta
que, solamente
se abrirá cuando
se haya vivido.
Antes,
no se habría comprendido,
hasta que la experiencia enseñe,
sin importar si hubo sido
una respuesta sabia.
Crecemos en edad y cuerpo,
pero sin sabiduría;
esa sapiencia vendrá
después de pasado un tiempo,
pues, aun siendo sabio el consejo
no habrá llegado a tiempo:
antes de toda vivencia
no va la sabiduría.
Así vamos, transitando
caminos equivocados,
sin percatarnos de que
nuestra humana soledad
se compone de preguntas.
La pregunta sin respuesta
¡es ese espacio vacío!
Urgencia de hallar
respuestas lleva a
erróneas acciones;
cada día, cada vez, a cada paso...
Así ambulamos, inseguros, lentos,
sin acierto, sin certezas,
sin rumbo, a tientas.
Imaginamos tener
esa ansiada respuesta,
entonces nos equivocamos.
Sacrifiquemos palabras,
enmudezcamos, así,
habrá sido el silencio,
nuestra mejor respuesta.
Es ser eso que realmente importa
Ser, sabiendo que somos
Ser es existir, en cuerpo y alma,
siendo.
Ser sin reservas, sin pausa ni apuro;
ser, sin siquiera tener fuerza,
ser a pesar de todo, siendo.
Ser es también, esperar
y esperar siendo,
sin perderse en el tiempo
que nunca parece propio.
Ser desde el alma
para el cuerpo;
desde el alma, la instrucción,
desde el cuerpo, la respuesta.
Ser siendo en sueños,
¡ah!, maravilla de ser
en la calma de los sueños
la grandeza de ser
eso que dicta el alma
ser uno mismo, siendo
lo que siendo en sueños, es.
Abatido, los pensamientos oscuros
pueblan el ser sin ser permitidos,
se cuelan, invaden, abruman,
inquietan; son pertinaces,
socavan el ánimo.
Marcan su huella,
atraen más dolor;
el aire no alcanza
para suspirar...
Tribulaciones,
son garras filosas
destrozan el alma,
se adueñan del tiempo,
impiden vivir.
Mas, cuando se van,
llegando el alivio,
vuelve el brillo del sol,
color de los días,
alegre talante,
fortalecido el ser.
Tribulaciones:
como llegan se van,
así de pronto
hacen presa, devoran,
pero no consiguen estragarlo
todo; teniendo paciencia,
siendo en la fé constante,
se pueden vencer.
Habré visto
la noche pasada
algún hecho
que me llevó a pensar
intensamente
en este día
como algo extraordinario.
Estar de regreso,
despertar, levantarme,
estar vivo.
En mis sueños,
quizás no,
estuve en la orilla del Leteo,
he visto a Caronte,
él, esperando, me
miraba.
He llegado a mi cuerpo
nuevamente
y he sabido:
este día es tan único
como es cada vez,
en mi vida.
Mi corazón responde
aconseja, revisa, reclama, y
desde allí, en cada latir
cuenta el tiempo restante:
advierte, sea éste
muy bien aprovechado.
Despierto, no he saltado
de mi
lecho, demorado,
he esperado a que llegara
mi
alma; ella, yo lo sé,
junto a Caronte, estaba,
escuchando…
He visto, sumergido
en tristes cavilaciones,
esas viejas imágenes,
pálido e indigno intento
de reflejar, sin conseguirlo,
tu magnífica presencia.
Cómo podría una copia
siendo apenas un remedo,
representarte.
Cómo podría traer
de nuevo a nosotros
esa
completísima, plena,
e incomparable compañía.
Esas imágenes
fueron guardadas
en un impulso vano;
creer que tenerlas
era igual a recordarte,
¡qué error!
Contemplar esas imágenes
me hunde muy profundo
en gran melancolía.
Había pensado
que podría sonreír
al verte retratado.
Lejos de ello, me he visto
aún más apenado:
solamente supe cuán
grande es el espacio
que en nosotros
ocupabas.