Cuando un cuerpo va hacia el otro
en total entrega lo hace y
su alma fluye y se derrama
y su esencia se funde con la del amado
con quien se completa en la unión.
Cuando un cuerpo va hacia el otro
los brazos son instrumento, canal,
y los cuerpos vibran, estremecidos
como el cauce insuficiente
ante la inundación.
Cuando un cuerpo va hacia el otro
el sedimento que le deja pasa a ser
lentamente, cada vez, parte de la substancia
que antes el otro era y que ahora se transforma
y absorbida, es metamorfosis, es cambio, es transmutación.
Cuando un cuerpo va hacia el otro
y se integra a él, el alma transmigra
y se queda, en un instante ínfimo,
deja su huella imborrable y vuelve
engrandecida, a su anterior lugar.
Cuando un cuerpo va hacia el otro
y se derrama sobre él, no sólo es sobre
sino dentro: no hay barreras ni límites
para su triunfal entrada en otro ser,
dejar su impronta, y ya en calma, retornar.
Cuando un cuerpo va hacia el otro
por amor, y sólo por amor
esa es la carga que transporta el alma,
eso es lo que vuelca en el amado,
que es cauce, que es cuenca, que es afluente
y ambos fluyen en un intercambio que no tiene fin.
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