jueves, 29 de agosto de 2013

Dolor en el ocaso




Hubo un instante en el ocaso
en que pareció verse una estrella 
sólo brillar para mí, efímero instante,
inatrapable, inalcanzable, ¡tan raudo!
huído presto ante mis ojos desconsolados,
tan pronto como huíste tú de mí.

Algodonoso instante en que no sentí
mi ser, me vi transportado en una sensación
extraña, como envuelto en una luz
que me elevaba hacia alguna parte,
justo al lugar donde te hallabas tú...

¿Por qué no estabas a mi lado?,
me preguntaba, y no tenía respuesta;
el silencio acompañaba mi padecer.
Hacía tiempo que la muerte
de mi lado,
impía te arrancó
¿acaso había olvidado y esa tarde recordé?

Mudo el recuerdo, sordo mi oído:
sólo escucha mi corazón.
Melancolía, vana tristeza,
que no hay  olvido
ni esperanza
cuando la muerte
de tus instantes se apoderó.

Y todo el mundo
se une quieto
y acompaña
este dolor. Soledad, 
pena y silencio,
vacío grande en el ocaso
que me encoge la vida misma
como papel seco
que en arrugado tiempo
no acepta letras
y no hay renglones donde escribirle
y su vida acaba, ignorada y triste,
olvidado y solo, arrollado y aventado,
si alguna brisa quiere tomarlo
y alejarlo de aquel ocaso
hasta hacerlo desaparecer. 

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