martes, 29 de mayo de 2018
Breve historia de un amor
Una mañana tocaste a mi puerta
y vi tus ojos abiertos con asombro
y el temor por lo que iría a suceder,
la respiración anhelante,
tus manos entrecruzadas en un ruego silencioso,
esperando la respuesta que viniste a buscar,
esperanzada.
Te franqueé la puerta y te rodeé en mis brazos,
dispuesto a escuchar,
y tu voz, quebrada por el llanto,
comenzó el relato que te trajo
hasta mí.
Tus palabras, vertidas entre suspiros
y sollozos,
contaban el infortunio de tu imposible amor.
Tu amado te corespondía, dijiste,
y ansioso estaba por estar contigo.
Él y tú eran uno desde el primer momento.
Pero...el terrible espanto había llegado
cuando tu padre lo supo.
Y tú, audaz, valiente, llevada por el amor,
habías desobedecido el terrible mandato, a causa
de tu amor prohibido por el odio eterno de los padres.
Ardió en cólera tu padre
cuando le anunciaste tu decisión,
descargó su furia contra ti,
amenazó con matar a tu amado
luego, te lanzó a la calle.
Ahora estabas ahí, conmigo,
esperando mi protección.
Sin dudar un instante,
hubo un lugar para ti.
Ese mismo día
comenzaron los preparativos de la boda.
Ha pasado mucho tiempo,
y generosa, con ese amor,
amor vivido a diario,
recibiste a tu padre, sin reproche.
Entonces él, viejo y vencido,
cansado de sus odios y rencores,
vacío y pesaroso, buscando tu perdón,
se admiró de tu vida y tu valor.
Le ofreciste a tus hijos,
sin reparos ni reproches,
alegrando su vejez,
y los niños le abrazaron
ignorantes de guerras y enemigos,
llenaron sus últimos años
con sonrisas y juegos,
que no hubo conocido
hasta que se los diste tú.
domingo, 20 de mayo de 2018
Salida del desierto (cuento)
Trató de recuperar el aliento, le costaba respirar. Estaba excitado, su corazón latía como nunca y hasta le pareció percibir el hervor de su sangre en sus venas, tal era su estado de sensibilización.
No podía pensar aún.
No entendía lo que había pasado y le parecía que al menos, debía sentirse asustado, tenso, atónito por no saber qué le había sucedido. Pero no; no sentía nada de eso, sólo la necesidad de ordenarse para disfrutar lo que había ocurrido parte por parte, sin perderse un detalle. Sí, pensó, porque esto era para disfrutar.
Después de tanto caminar en su desierto, con sed infinita, cansancio, soledad, ardor y dolor en la piel, había llegado a este día, ignorando siempre que hubiera sido capaz de actuar de esta manera. De a poco, iba ordenando sus pensamientos, ubicando los hechos, las causas, los resultados...Eso, sobre todo eso: los resultados.
Quién hubiera dicho que él, él que era el paciente, el callado, el servicial, el "útil," iba a reaccionar como lo había hecho hoy. Se sintió orgulloso y, de pronto pensó por qué habría esperado tanto para hacer algo que después resultó tan natural, tan fácil, tan...satisfactorio.
Ya más sereno, se dedicó a repasar minuciosamente lo ocurrido.
Esa mañana se había despertado distinto a todos los demás días: había decidido no diferir nada más en su vida y esta decisión le había conducido a tomar las riendas, para pasar de ser el relegado a ser el admirado. Al menos así le pareció ahora. Los hechos habían sucedido de la siguiente manera, todos y cada uno con su total protagonismo.
Había entrado a su oficina con una actitud que llamó la atención de los demás desde el primer momento. Cerró la puerta con un fuerte golpe al entrar y caminó hacia su escritorio sin saludar a nadie, ni siquiera mirarlos. Era él y sólo él. Eso lo fortaleció y los demás se debilitaron ante su fuerza.
Eso, y la sorpresa que ganó todos los ánimos; ninguno de sus compañeros hubiera pensado jamás, que él se atrevería a golpear la puerta, y menos aún, a pasar ignorando a todos. Ese fue sólo el principio. Suspiró; de sólo recordar le hinchaba el pecho el placer de su triunfo. Porque era un triunfo.
Transcurrió su día de tareas con el mismo talante, cada vez más afirmado en su actitud, ya que en algunos momentos, hasta respondió con cierta altivez o no respondió, las consultas que le hacían, las que, como todos los días, él les resolvía amablemente. El asombro de sus compañeros iba en aumento. No podían creer lo que estaban viendo.
¡Era tan imposible que él fuera él y no una prolongación de los otros!
Ahora, cuando imaginó la escena no pudo evitar sonreír: lo más maravilloso de todo, fue cuando se levantó de su sillón giratorio y, afectando total indiferencia, caminó hasta el escritorio de ella.
Al recordar, le recorrió una sensación de placer muy cálida.
Cuando estuvo a su lado y ella levantó su rostro inquisitivamente, ¡la besó! ¡Sí, la besó largamente y con toda la pasión que había ocultado y retenido desde hacía mucho tiempo! Contrariamente a lo que siempre había imaginado, ella no lo miró con desprecio, ni asco; todo lo contrario: estaba extasiada y no podía apartar sus ojos de los suyos. Esto había sido tan inesperado como estupendo, extraordinario y también, ¿por qué no?, muy halagador para él.
Todos los que estaban observando la escena, prorrumpieron en aplausos espontáneamente, en acuerdo total; fue como si hubieran estado esperando este proceder, y que por fin, al ver sus deseos cumplidos, se sintieran aliviados, descomprimidos, después de tantos años de espera.
Fue entonces cuando tuvo que salir de la oficina y buscar este lugar para recuperar su aliento.
jueves, 17 de mayo de 2018
Atardecer
Ya casi huído el día,
entraba el atardecer
como pidiendo permiso,
entonces, miré al cielo claro
y nubes no había, ni vi aún
a las estrellas, pues la luz
de aquel sol en retirada
su brillo ver no permitía,
y así, mudo, aguardando,
a lo alto escrutaba.
Pensativo esperaba,
del cielo alguna señal
antes que anocheciera;
quería tener mi descanso
con vívidos y bellos sueños ,
sosegados y agradables,
y además, mensajeros
de mi espíritu,
(a quien tan poco escuchaba)
Atardecer que declina
y junto a la vida que acaba
es igual a mi vejez
donde todo se apaga
sin asomarse la estrella
que tanto fue esperada
y que al final del camino
mostró el triste destino
que yo en todo ignoraba.
Atardecer, ¿me respondes?
Quiero escuchar tu respuesta
Nadie oye mis reclamos
Nadie quiere ver mi sombra.
Atardecer, ¿qué me dices?
¿Habrá para mí, tal vez,
algún mensaje tan fiero
que me habré arrepentido
de haberte consultado?
Atardecer, ya eres sombras,
¡ahora sí resplandecen
las estrellas relucientes!
¿Será menester la tiniebla
para que la luz me alumbre
y muestre lo que está oculto?
Atardecer, suave anfitrión de la noche
a quien precedes, muy lento,
haciéndole los honores
que su reinado merece,
no te vayas sin respuesta,
me urge tener alguna,
no me queda mucho tiempo,
ya mi noche se avecina.
martes, 15 de mayo de 2018
Vidas paralelas
Vaya, ¡qué novedad!
Ocurrírseme pensar
que hay vidas paralelas,
como si todas no lo fueran,
como si alguna fuera igual
a otra, como si alguna vez
se unieran y vivieran como uno.
Vaya, ¡qué noticia!
Darse cuenta de la separación
que caracteriza a la vida,
en todo y en todos;
¿cómo no habría de ser así
si cada uno vive separando
su ser en dos partes o más ?
Vaya, ¡que descubrimiento!
Percibir la unicidad en la soledad
de cada uno, siendo sólo uno,
y, además, desintegrado;
mitad sombras, mitad luz,
sin saber cómo llegar
a la armonía de la unidad
en uno mismo.
Vaya, ¡qué dolor saberlo!
Y qué dolor ver los días pasar
sin poder resolver tal situación.
Cada amanecer se presenta la ocasión,
única, incomparable; la última tal vez,
y no se alcanza a ver que así es,
y sigue la vida paralela a sí mismo
sin mirar y unir lo que uno es.
Vaya, ¡qué difícil situación!
Después de darse cuenta
no hacer revolución, y
cambiar al solitario, marchar en soledad,
pero con coraje ir a la búsqueda de su propia
compañía; allí empezar la integración
desde lo hondo del ser y luego, siendo uno,
emprender la caminata hasta el final.
domingo, 6 de mayo de 2018
El pájaro (cuento)
Había querido llegar hasta ese claro en el bosque ya que desde hacía unos días, escuchaba el canto insistente que le parecía de un pájaro que le resultaba completamente desconocido. Caminó mucho tiempo, habría dicho que alrededor de tres horas, sin detenerse, llevado por la curiosidad, una curiosidad que no era sólo científica, sino más bien algo que le inquietaba en su interior. Inexplicablemente.
Aceleró su andar: quería llegar de una vez, la distancia se le había hecho muy larga y le parecía que el canto se alejaba a medida que él se iba acercando. Tal vez era sólo su imaginación, pensó. Estaba obsesionado con la idea de hallar al pájaro que emitía esos sonidos tan dulces a veces, tan tristes en otras ocasiones. Sabía que no era su imaginación. Hacía ya varias semanas que escuchaba ese canto casi durante todas las horas del día. Y en algunas ocasiones, le pareció haberlo oído por las noches, pero no estaba seguro. Pero pensó que pudo haber sido en sueños. De pronto, se detuvo, expectante; ahora sólo lo acompañaba un denso silencio; todo parecía haberse detenido en el bosque, como si una orden perentoria hubiera mandado se hiciera silencio. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo desde su nuca hasta los pies. Quedó inmóvil, como el bosque, como acatando también él la orden de quietud. No pudo pensar. No supo qué hacer, hasta que algo se entrevió en la fronda: una pequeña silueta, como de un niño. No podía ser, pensó. Allí, tan lejos no podría encontrar un niño; tan lejos de todo, del pueblo, del río, donde los hombres pescaban diariamente, de toda presencia que pudiera acompañar a un niño. Le habría parecido, pensó. Estaba confundido. Su mente de investigador rechazaba firmemente cualquier idea que no fuera parte de la realidad que acostumbraba a observar diariamente. Pero, al cabo de unos instantes, escuchó claramente el canto, ahora en su tono triste, casi como un lamento de dolor. Se estremeció. No sabía qué hacer. Trató de avanzar y no pudo; sus pies no le respondieron y su cuerpo estaba tieso. El canto se repitió en su infinita tristeza.
Ahora, sus ojos estaban llenos de lágrimas, compadecido, aunque no supiera de qué ni por qué. Vislumbró en la espesura otra vez ese pequeño cuerpecito de niño y esta vez, el canto ascendió claramente bello, casi feliz. Sí, se le ocurrió pensar que ahora sonaba feliz. No pudo explicarse nada de lo que estaba ocurriendo, sólo sentir. Todo su ser era un cáliz que recibía sensaciones desconocidas. Ahora, todo quedaba en silencio otra vez. Se preguntaba qué haría, dónde iría, qué podría hacer con lo vivido, pues, lentamente su raciocinio comenzaba a funcionar con el método habitual y notaba que no era capaz de incluir este hecho en ninguna de sus observaciones ni experiencias anteriores. Sintió urgencia para volver, le esperaban tres horas de camino y sería noche cerrada cuando llegara a su casa. A la mañana siguiente, pensó, se dedicaría a averiguar qué había sucedido en el bosque. No sabía si podría dormir, pero no podía ir a golpear puertas con preguntas absurdas cuando ya todo el pueblo estaría durmiendo.
Hizo el camino de regreso casi corriendo y notó, con asombro, que había dejado de escuchar el canto misterioso. Otro hecho inexplicable que no entendió. ¿Por qué? Había estado oyéndolo durante muchos días y ahora, de pronto, no estaba más.
El pueblo había despertado muy temprano, como siempre, y él salió a las calles, dispuesto a hacer preguntas. ¿Cómo preguntaría a sus vecinos? Era algo muy difícil para él, total desconocido, del que desconfiaban por sus investigaciones. Ellos se sentían invadidos, él lo sabía. Tarea muy difícil le esperaba.
Se dirigió a su vecino más próximo, el dueño de la casa donde habitaba. El hombre estaba desayunando, acompañado de su mujer, ambos en silencio, como siempre. Nunca los había visto conversar, ni entre ellos ni con los demás. Saludó, tratando de ser amable y le respondieron con sus caras inexpresivas. No sabía cómo empezar. Se decidió y lanzó su pregunta. Ambos se quedaron inmóviles y sus rostros se volvieron de cera. Sólo le respondieron con otra pregunta: "¿Usted también lo ha oído?"
Fue la única respuesta que logró de cualquiera de los habitantes de aquel pueblo.
No pasaron muchos días más: guardó todo el material recolectado en el tiempo que había permanecido allí, y partió con la sensación profunda de haber tocado el misterio más triste y doloroso que todo un pueblo pudo haber guardado jamás y con ello, había abierto una herida incurable en todos y cada uno de ellos, herida que padecían a causa de una culpa inconfesable.
Lo supo en cuanto preguntó la primera vez.
jueves, 3 de mayo de 2018
Soñador
Sueña
que eres su amante
Y
sueña que ella te ama
Como
tú a ella
Que
ese amor es vuestro,
Supremo
creador de vida,
De
éxtasis, de nuevas
Y
conmovedoras emociones
Estremecedoras
y sublimes.
Sueña
que eres feliz
Y
que tus días están llenos
De
alegría por estar
Junto
a ella.
Sueña
que su cuerpo
Será
eterno sólo
Porque
siempre estará
A
tu lado.
Sueña,
siempre sueña,
Que
en tus sueños
Serás
feliz y estará el
Amor
siempre contigo.
Sueña,
pobre hombre,
Sueña
con lo que no
Te
pertenece
Y,
jamás será tuyo.
En
este mundo,
Debes
saberlo,
No
tendrás ese amor
Que
imaginas:
Ya
verás, cuando
Pasen
los días
Y
la realidad te arrase.
Ya
verás y caerás
En
la desgracia del
Horrible
desconsuelo,
De
la soledad desesperada,
De
la ausencia,
Del
olvido de tu amada.
miércoles, 2 de mayo de 2018
El pañuelo (cuento)
Había estado planeando su viaje por meses. A pesar de la lluvia, se sentía de buen humor, optimista y lleno de ideas acerca de como pasaría su tiempo libre. Después de todo, eran sus primeras vacaciones fuera del país y lo más probable era, que esa sería una experiencia agradable, novedosa y atractiva; por esa y otras razones, estaba en el tren. Unos minutos más y entrarían a la estación donde a la mañana siguiente, abordaría a otro transporte para culminar el trayecto de su viaje.
Cuando descendió, el andén estaba desierto y arreciaba la lluvia.
Miró hacia ambos lados y no vio a nadie. Pensó que habría alguien dentro, en la boletería y allí preguntaría por un lugar donde pasar la noche. Abrió la puerta y justo detrás, en un banco, había un viejo sentado. Le preguntó por un hospedaje y el viejo, sin mirarlo siquiera, respondió "Hotel Las Estrellas" y agregó, "Tres cuadras hacia allí." Señaló hacia la izquierda y siguió en su ensimismamiento.
Caminó bajo la lluvia, sintiendo que estaba totalmente empapado y atravesado por el frío. El silencio permitía escuchar nítidamente, el sonido de la lluvia al caer sobre el empedrado.
El hotel tenía la puerta sin llave, así que entró sin llamar. Para su sorpresa, el viejo que atendía era como un calco del viejo de la estación. Tuvo un estremecimiento cuando observó que el hombre tenía la misma actitud también, ya que no habló ni le miró, sólo le alcanzó una llave con el múmero 18, le cobró y le señaló las escaleras, con un gesto indiferente.
Entró a la habitación con la urgencia de quitarse la ropa mojada, tomar una ducha caliente y acostarse a descansar.
Ya en su cama, reconfortado por el baño, se durmió al instante. Soñaba, de pronto, con una mujer vieja, que llevaba un feo pañuelo de colores rabiosos envolviendo su cabeza, parada al lado de su cama, gritándole a voz en cuello, que no llegaría jamás al final de su viaje, al destino por él elegido, que su final estaba en este lugar y que de allí no saldría más. Despertó muy sobresaltado, sudoroso y temblando, e inmediatamente pensó: "Qué tontería, ha sido sólo una pesadilla." Bebió agua del vaso que estaba en la mesa de luz, se dio vuelta y se dispuso a seguir durmiendo.
A la mañana siguiente, cuando la alarma sonó, saltó de su cama, presto a vestirse para abordar el tren que le llevaría a destino.
Caminó hasta la silla, donde había dejado colgada su ropa la noche anterior, para que se secara, y de pronto, empalideciendo se paralizó al verlo: allí estaba, extendido sobre sus ropas, el pañuelo, el horrible pañuelo de la horrible mujer de su pesadilla.
martes, 1 de mayo de 2018
De la tragedia del amor
Oh, trágica condena deliciosa
del amor humano,
que siempre duele
frustra, destruye, mata,
enaltece a veces;
que es efímero y cruel.
Oh, trágica condena
del amor humano
que somete, seduce,
envilece a veces;
al infierno y al cielo
transporta en un pendular
inagotable.
Oh, trágica condena
del amor humano
que aparenta la suprema
dulzura y el más elevado bien,
sin embargo, en un instante,
trae consigo la amarga desesperación
de la traición.
Oh, trágica condena
del amor humano
que transforma el héroe
en un títere y a la heroína
en una veleidosa hetaira,
y despierta en ellos
sus viles miserias.
Oh, trágica condena
del amor humano
al que le cantan todos
los poetas y por el que
desfallecen los cuerpos
y se quebrantan
férreas voluntades.
Oh, trágica condena
del amor humano,
inevitable por ansiado
y necesario, incomparable,
idealizado, grande,
buscado, difícil de hallar,
y cuando hallado, esquivo
y frágil.
Oh, ¡trágica condena!,
inevitable y deseada,
la que si no llega,
se vuelve uno más desgraciado
que cuando ha llegado.
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