domingo, 20 de mayo de 2018
Salida del desierto (cuento)
Trató de recuperar el aliento, le costaba respirar. Estaba excitado, su corazón latía como nunca y hasta le pareció percibir el hervor de su sangre en sus venas, tal era su estado de sensibilización.
No podía pensar aún.
No entendía lo que había pasado y le parecía que al menos, debía sentirse asustado, tenso, atónito por no saber qué le había sucedido. Pero no; no sentía nada de eso, sólo la necesidad de ordenarse para disfrutar lo que había ocurrido parte por parte, sin perderse un detalle. Sí, pensó, porque esto era para disfrutar.
Después de tanto caminar en su desierto, con sed infinita, cansancio, soledad, ardor y dolor en la piel, había llegado a este día, ignorando siempre que hubiera sido capaz de actuar de esta manera. De a poco, iba ordenando sus pensamientos, ubicando los hechos, las causas, los resultados...Eso, sobre todo eso: los resultados.
Quién hubiera dicho que él, él que era el paciente, el callado, el servicial, el "útil," iba a reaccionar como lo había hecho hoy. Se sintió orgulloso y, de pronto pensó por qué habría esperado tanto para hacer algo que después resultó tan natural, tan fácil, tan...satisfactorio.
Ya más sereno, se dedicó a repasar minuciosamente lo ocurrido.
Esa mañana se había despertado distinto a todos los demás días: había decidido no diferir nada más en su vida y esta decisión le había conducido a tomar las riendas, para pasar de ser el relegado a ser el admirado. Al menos así le pareció ahora. Los hechos habían sucedido de la siguiente manera, todos y cada uno con su total protagonismo.
Había entrado a su oficina con una actitud que llamó la atención de los demás desde el primer momento. Cerró la puerta con un fuerte golpe al entrar y caminó hacia su escritorio sin saludar a nadie, ni siquiera mirarlos. Era él y sólo él. Eso lo fortaleció y los demás se debilitaron ante su fuerza.
Eso, y la sorpresa que ganó todos los ánimos; ninguno de sus compañeros hubiera pensado jamás, que él se atrevería a golpear la puerta, y menos aún, a pasar ignorando a todos. Ese fue sólo el principio. Suspiró; de sólo recordar le hinchaba el pecho el placer de su triunfo. Porque era un triunfo.
Transcurrió su día de tareas con el mismo talante, cada vez más afirmado en su actitud, ya que en algunos momentos, hasta respondió con cierta altivez o no respondió, las consultas que le hacían, las que, como todos los días, él les resolvía amablemente. El asombro de sus compañeros iba en aumento. No podían creer lo que estaban viendo.
¡Era tan imposible que él fuera él y no una prolongación de los otros!
Ahora, cuando imaginó la escena no pudo evitar sonreír: lo más maravilloso de todo, fue cuando se levantó de su sillón giratorio y, afectando total indiferencia, caminó hasta el escritorio de ella.
Al recordar, le recorrió una sensación de placer muy cálida.
Cuando estuvo a su lado y ella levantó su rostro inquisitivamente, ¡la besó! ¡Sí, la besó largamente y con toda la pasión que había ocultado y retenido desde hacía mucho tiempo! Contrariamente a lo que siempre había imaginado, ella no lo miró con desprecio, ni asco; todo lo contrario: estaba extasiada y no podía apartar sus ojos de los suyos. Esto había sido tan inesperado como estupendo, extraordinario y también, ¿por qué no?, muy halagador para él.
Todos los que estaban observando la escena, prorrumpieron en aplausos espontáneamente, en acuerdo total; fue como si hubieran estado esperando este proceder, y que por fin, al ver sus deseos cumplidos, se sintieran aliviados, descomprimidos, después de tantos años de espera.
Fue entonces cuando tuvo que salir de la oficina y buscar este lugar para recuperar su aliento.
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