domingo, 6 de mayo de 2018

El pájaro (cuento)


Había querido llegar hasta ese claro en el bosque ya que desde hacía unos días, escuchaba el canto insistente que le parecía de un pájaro que le resultaba completamente desconocido. Caminó mucho tiempo, habría dicho que alrededor de tres horas, sin detenerse, llevado por la curiosidad, una curiosidad que no era sólo científica, sino más bien algo que le inquietaba en su interior. Inexplicablemente.
Aceleró su andar: quería llegar de una vez, la distancia se le había hecho muy larga y le parecía que el canto se alejaba a medida que  él se iba acercando. Tal vez era sólo su imaginación, pensó. Estaba obsesionado con la idea de hallar al pájaro que emitía esos sonidos tan dulces a veces, tan tristes en otras ocasiones. Sabía que no era su imaginación. Hacía ya varias semanas que escuchaba ese canto casi durante todas las horas del día. Y en algunas ocasiones, le  pareció haberlo oído por las noches, pero no estaba seguro. Pero pensó que pudo haber sido en sueños. De pronto, se detuvo, expectante; ahora sólo lo acompañaba un denso silencio; todo parecía haberse detenido en el bosque, como si una orden perentoria hubiera mandado se hiciera silencio. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo desde su nuca hasta los pies. Quedó inmóvil, como el bosque, como acatando también él la orden de quietud. No pudo pensar. No supo qué hacer, hasta que algo se entrevió en la fronda: una pequeña silueta, como de un niño. No podía ser, pensó. Allí,  tan lejos no podría encontrar un niño; tan lejos de todo, del pueblo, del río, donde los hombres pescaban diariamente,  de toda presencia que pudiera acompañar a un niño. Le habría parecido, pensó. Estaba confundido. Su mente de investigador rechazaba firmemente cualquier idea que no fuera  parte de la realidad que acostumbraba a observar diariamente. Pero, al cabo de unos instantes, escuchó claramente el canto, ahora en su tono triste, casi como un lamento de dolor. Se estremeció. No sabía qué hacer. Trató de avanzar y no pudo; sus pies no le respondieron y su cuerpo estaba tieso. El canto se repitió en su infinita tristeza.
Ahora, sus ojos estaban llenos de lágrimas, compadecido, aunque no supiera de qué ni por qué. Vislumbró en la espesura otra vez ese pequeño cuerpecito de niño y esta vez, el canto ascendió claramente bello, casi feliz. Sí, se le ocurrió pensar que ahora sonaba feliz. No pudo explicarse nada de lo que estaba ocurriendo, sólo sentir. Todo su ser era un cáliz que recibía sensaciones desconocidas. Ahora, todo quedaba en silencio otra vez. Se preguntaba qué haría, dónde iría, qué podría hacer con lo vivido, pues, lentamente su raciocinio comenzaba a funcionar con el método habitual y notaba que no era capaz de incluir este hecho en ninguna de sus observaciones ni experiencias anteriores. Sintió urgencia para volver, le esperaban tres horas de camino y sería noche cerrada cuando llegara a su casa. A la mañana siguiente, pensó, se dedicaría a averiguar qué había sucedido en el bosque. No sabía si podría dormir, pero no podía ir a golpear puertas con preguntas absurdas cuando ya todo el pueblo estaría durmiendo. 
Hizo el camino de regreso casi corriendo y notó, con asombro, que había dejado de escuchar el canto misterioso. Otro hecho inexplicable que no entendió. ¿Por qué? Había estado oyéndolo durante muchos días y ahora, de pronto, no estaba más. 

El  pueblo había despertado muy temprano, como siempre, y él salió a las calles, dispuesto a hacer preguntas. ¿Cómo preguntaría a sus vecinos? Era algo muy difícil para él, total desconocido, del que desconfiaban por sus investigaciones. Ellos se sentían invadidos, él lo sabía. Tarea muy difícil le esperaba.
Se dirigió a su vecino más próximo, el dueño de la casa donde habitaba. El hombre estaba desayunando, acompañado de su mujer, ambos en silencio, como siempre. Nunca los había visto conversar, ni entre ellos ni con los demás. Saludó, tratando de ser amable y le respondieron con sus caras inexpresivas. No sabía cómo empezar. Se decidió y lanzó su pregunta. Ambos se quedaron inmóviles y sus rostros se volvieron de cera. Sólo le respondieron con otra pregunta: "¿Usted también lo ha oído?"

Fue la única respuesta que logró de cualquiera de los habitantes de aquel pueblo.

No pasaron muchos días más: guardó todo el material recolectado en el tiempo que había permanecido allí, y partió con la  sensación profunda de haber tocado el misterio más triste y doloroso que todo un pueblo pudo haber guardado jamás y con ello, había abierto una herida incurable en todos y cada uno de ellos, herida que padecían a causa de una culpa inconfesable. 
Lo supo en cuanto preguntó la primera vez.

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