miércoles, 2 de mayo de 2018
El pañuelo (cuento)
Había estado planeando su viaje por meses. A pesar de la lluvia, se sentía de buen humor, optimista y lleno de ideas acerca de como pasaría su tiempo libre. Después de todo, eran sus primeras vacaciones fuera del país y lo más probable era, que esa sería una experiencia agradable, novedosa y atractiva; por esa y otras razones, estaba en el tren. Unos minutos más y entrarían a la estación donde a la mañana siguiente, abordaría a otro transporte para culminar el trayecto de su viaje.
Cuando descendió, el andén estaba desierto y arreciaba la lluvia.
Miró hacia ambos lados y no vio a nadie. Pensó que habría alguien dentro, en la boletería y allí preguntaría por un lugar donde pasar la noche. Abrió la puerta y justo detrás, en un banco, había un viejo sentado. Le preguntó por un hospedaje y el viejo, sin mirarlo siquiera, respondió "Hotel Las Estrellas" y agregó, "Tres cuadras hacia allí." Señaló hacia la izquierda y siguió en su ensimismamiento.
Caminó bajo la lluvia, sintiendo que estaba totalmente empapado y atravesado por el frío. El silencio permitía escuchar nítidamente, el sonido de la lluvia al caer sobre el empedrado.
El hotel tenía la puerta sin llave, así que entró sin llamar. Para su sorpresa, el viejo que atendía era como un calco del viejo de la estación. Tuvo un estremecimiento cuando observó que el hombre tenía la misma actitud también, ya que no habló ni le miró, sólo le alcanzó una llave con el múmero 18, le cobró y le señaló las escaleras, con un gesto indiferente.
Entró a la habitación con la urgencia de quitarse la ropa mojada, tomar una ducha caliente y acostarse a descansar.
Ya en su cama, reconfortado por el baño, se durmió al instante. Soñaba, de pronto, con una mujer vieja, que llevaba un feo pañuelo de colores rabiosos envolviendo su cabeza, parada al lado de su cama, gritándole a voz en cuello, que no llegaría jamás al final de su viaje, al destino por él elegido, que su final estaba en este lugar y que de allí no saldría más. Despertó muy sobresaltado, sudoroso y temblando, e inmediatamente pensó: "Qué tontería, ha sido sólo una pesadilla." Bebió agua del vaso que estaba en la mesa de luz, se dio vuelta y se dispuso a seguir durmiendo.
A la mañana siguiente, cuando la alarma sonó, saltó de su cama, presto a vestirse para abordar el tren que le llevaría a destino.
Caminó hasta la silla, donde había dejado colgada su ropa la noche anterior, para que se secara, y de pronto, empalideciendo se paralizó al verlo: allí estaba, extendido sobre sus ropas, el pañuelo, el horrible pañuelo de la horrible mujer de su pesadilla.
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