Sensaciones de enajenación
acometen al ser,
especialmente al doliente.
El océano, el espíritu, alma
y mente, todo amenaza
con el naufragio, a este ser.
No hay una intención,
es que así es el océano interior
una vez perdido el dominio del timón.
No habrá ninguna balsa que resista
tales embates sobre aquel viajero,
ahora extraviado y a la deriva.
Extraño se ha vuelto entre sus pares
sus cercanos, sus amigos, sus amores,
antaño era otro, lo que creyó su mundo.
Extraño, sí tan extraño que le cuesta
reconocerse y ubicarse en sus días,
ni reconocer sus rasgos en el espejo.
Ya "los suyos" no lo son, ni él es de ellos
está muy lejos, su habitar es distinto,
no hay un "su" ni un "mi."
Se pregunta dónde y cómo habita,
se interroga y se pierde;
ya no sabe preguntarse.
Huracanes de emociones, ¡océanos!
que no encuentran ya su cauce,
ni por dónde y cómo verterse.
Extraño, ha perdido el timón,
se ha escurrido de sus manos,
tal vez nunca allí ha estado.
Extraño, como debe parecerles
a los otros, quienes a él le
parecen, otros desconocidos.
¿Qué ha de hacer ahora?
Extraño en todas partes: ha de quedar
inmóvil hasta ser él, encontrado.
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