jueves, 6 de septiembre de 2018

La buena hermana (cuento)


Era una anciana, una anciana aparentemente débil e indefensa. 
Para toda la familia, ella era la buena hermana. Esa hermana que no había vivido su propia vida por volcarla hacia los demás; la abnegada, la única que ofreció su tiempo, todos creían, sin haber pedido nada. 

Pero, para quien no hubiera caído en la telaraña por ella tejida, las cosas se veían de otro modo. Ese modo monstruoso de vivir que tienen algunos seres humanos. 

Tenía bajo su absoluto dominio a quien con ella vivía.
Nadie, ni grandes ni pequeños, se atrevían a contradecir ninguna de sus órdenes o deseos. Ella sabía cómo conseguirlo.
Ocupaba en el lugar central de la casa, una especie de panóptico, posición estratégica que había reclamado al anterior ocupante del lugar, a quien desplazó sin ambages, ya que aquel no le daba a ese espacio un uso tan apropiado como  el que ella, para sus"quehaceres" sabría y supo darle.
Desde allí, lugar central de la casa toda, ella podía, desde su lecho, en el que simulaba dormir casi todo el día, vigilar y controlar todo movimiento que se produjera en la familia, con perfecta dedicación, ya que su vida era tan solo controlar.
Su familia había sido muy numerosa, pero había seleccionado cuidadosamente y durante años, con quién preferió permanecer, en una relación cerrada, aislada, posesiva, y hasta cruel cuando ella pensaba que debía recurrir a ello.
No vacilaba en desplegar gran histrionismo cuando se hacía necesario; hasta extremos impensados por alguien que no viera ni imaginara sus siniestros planes de poder, gobierno y posesión absoluta. 
Era tan astuta, que quienes la trataban, pensaban que era una pobre viejecita frágil, necesitada de ayuda y compañía, sumidos en un total engaño.

Simulaba a la perfección, una sordera completa que dejaba de serlo, sin que nadie se percatara, cuando hacía falta para sus planes que sus oídos se abrieran, y con suma atención, escuchaba y guardaba la información obtenida, para cuando le fuera útil. Y tenía gran sentido de la oportunidad.
Nunca dejó de contar, diariamente, la cantidad de cubiertos, platos, vasos y fuentes, ni ninguna de sus pertenencias. Lo cual daba una acertada idea de su lucidez y capacidad mental. Y la gran importancia que tenía para ella, controlarlo todo.
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Hubo algunos sucesos realmente escalofriantes. 
Una noche, en que su hermana Lila, la elegida para ser su compañía, se había atrevido a no volver a la hora pautada, se arrojó al suelo antes de que ella llegara, como había hecho otras veces, para castigar a la "culpable," y permaneció allí en el mismo lugar, hasta que su hermana apareció en la casa y la encontró en tan lastimosa situación, la que, por supuesto era totalmente una estrategia de manipulación para lastimar sus sentimientos y para acrecentar el sentido de culpabilidad, "por haberla abandonado," cosa que hizo angustiar de tal manera a Lila, que raras veces, y solo cuando era necesario, la dejaba sola.
Es necesario decir que esta anciana era perfectamente saludable, gobernaba su casa con gran solvencia y claridad, con gran tiranía también, por lo  tanto, no había en ella ni por asomo la debilidad ni la necesidad que ella había, muy astutamente plantado en la cabeza de su sometida hermana. Y de quienes se acercaran a su casa y se relacionaran con ellas, aunque esto rara vez sucedía.

En una ocasión, en que Lila, ilusionada, creyó haber iniciado una relación, ya tardía, con un hombre de su edad, que también manifestaba el deseo de estar con ellas, generosamente, y a pesar de ver claramente la situación de Lila, la anciana cambió su humor; estaba todo el día de mal talante y muy exigente en todo lo diario. Nada la conformaba y había extremado su vigilancia sobre Lila. Además le tomada el olor frecuentemente, como tratando de rastrear cualquier mínimo cambio. También le hablaba con aspereza, y constantemente le reprochaba los errores
en llevar la casa como ella le indicaba. No perdía oportunidad de humillarla, sobre todo en presencia del cortejante.

La llegada del hombre, por supuesto, había agravado la situación y había exasperado el talante ya difícil de la vieja.
No quería que salieran de la casa. No le agradaba que viniera a visitar a Lila. Tampoco fue del agrado de la "dueña"ninguno de los atributos del señor pretendiente. Era para ella, un total e inoportuno intruso. Le encontraba cada vez, un defecto más odioso e insoportable.

Una tarde, la anciana, siempre vigilante, se pareció más que nunca a un espectro, ya que aparecía, en algunas ocasiones, repentinamente en el vano de la puerta, en silencio, mirada escrutadora, desaprobando la soledad de Lila y el hombre, con desprecio y repulsión,  hallándolos fuera de su radio de observación. Esa vez, fue la más terrible de todas: el hombre sintió la amenaza, vio su maldad pintada en el rostro mudo.
El hombre sintió que su espina se congelaba y la vio como a un ser siniestro, maligno, peligroso. Su cara estaba deformada por el odio, y tal vez, la envidia. Dispuesta a  todo para defender su posesión y su mandato. Ella quiso que él supiera que la guerra había sido declarada y que no dejaría de actuar hasta que él se fuera, se desvaneciera, se olvidara, como si Lila ni siquiera hubiera existido.

Ella, la vieja, hizo todo lo que pudo, desde su simulado desvalimiento y fragilidad, sabiendo que para apartar al hombre debía apelar a todos sus artilugios, hasta lograr su alejamento total. Eso lo tenía decidido y lo lograría.

No tardó mucho tiempo en cumplir su cometido. En menos de tres meses, el enamorado huyó aterrado de semejante enemiga, y supo que jamás antes tuvo que vérselas con monstruo semejante.
Desapareció para nunca más volver.

La anciana, mientras tanto, estaba exultante: su hermana era de nuevo suya. Ahora más que nunca, en tanto que Lila, cada día más sombría, iba perdiendo su vitalidad y se asemejaba más y más a un muerto viviente.

La vieja, trinfante una vez más, lució como lo había planeado; el día de la muerte de Lila, ella, digna,  dramática, como atravesada por el dolor, eligió con suma delicadeza a su próxima acompañante...

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