No recuerdo mis sueños
estos últimos días;
extraño esos mágicos relatos
que semejan cuentos de hadas
o de brujas, u horrores
infernales, lugares donde estoy,
indeseados,
y de ellos no poder huir.
¡Mis sueños
son tan asombrosos!
No puedo dejar de pensarlos
durante la vigilia
o varios días después.
¡Me intriga tanto no recordarlos!
¿Será que mi alma se ha cansado
de susurrar en mi oído lo que debo
hacer, y de verme desobedecer?
Sé que eso son mis sueños:
mensajes del mundo
que mi alma ve.
¿Acaso se alejó y está en algún lugar
mejor que aquel
que yo le di como morada?
Entonces, ¿no ha de volver?
Tiemblo de solo pensarlo.
Dejar de recibir sus mensajes
misteriosos, intrincados,
laberínticos muchas veces,
o casi siempre
impenetrables e insondables,
encantados;
si eso sucediera,
significaría morir
a la verdadera vida.
Me agrada más vivir en sueños,
en esos sueños más reales, más vivos
que la llamada realidad.
Soy tan completo en mis sueños
como jamás lo seré en la vida.
¿Cuándo retornará mi alma
con sus novedades diarias
que ponen ante mí
profundidades ignoradas,
desconocidas para mí
y por ello tan ansiadas?
Aprecio su encanto, su luz,
su novedad,
su primicia, su originalidad;
¿qué sería de mí sin mis sueños?
Habré dejado de vivir, sin duda.
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