He venido, amigo mío,
a consolarte
y a llorar contigo
la partida de tu amada.
Repetidas veces,
habrás escuchado anunciar
su inminente abandono,
mas no quisiste creer
esas palabras vertidas.
He venido, apiadado
por tu desolado llanto,
dolor profundo
que lamento tanto.
Tantas veces te dije:
Cuidado,
no juegues más
con el amor desgastado.
Ella era tan tuya,
tanto como puede serlo
aquella que ama
entregándote su vida,
ofreciéndote su alma
sin reservas, sin cautela,
en tu amor confiada.
Has perdido, amigo;
quien te amaba se ha ido.
Lo más grave y triste es,
que nunca verás de nuevo
esa mujer tan dulce que
de verdad te hubo amado;
esa que hoy está ausente
y se ha vuelto irremplazable.
Debo decirte, amigo,
que estabas muy advertido;
cuántas veces lo dijimos
sin haber sido escuchados;
ni ella, con su dulzura y
menos yo, en mi dureza.
Creíste sería imposible
la llegada de ese día.
Estoy aquí, amigo mío,
pero sé que no hay consuelo.
No te perdonarás tú
haber perdido a tu amante,
haber sido indiferente.
Pudiste correr, detenerla;
murmurar en su oído
cuánto amor sentías por ella;
con eso hubiera bastado
¡Hoy, amigo mío, ella
estaría a tu lado!
Y con ella, no lo dudes,
tu vida hubieras salvado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario