miércoles, 30 de noviembre de 2016

Padres, hijos, vida y muerte

Cuanto más mira la madre a sus hijos, 
más se precisa aquel pensamiento grosero y extraño. 
Le parece, al mirarlos, que no hay disimulo,
que la rapacidad de los mayores, 
esta rabia impotente de hambrientos,
que es el mundo, que los hace sus víctimas.

Ellos, la madre, el padre,
para quienes el cuerpo de su hijo 
ha sido siempre, pese a todo, 
más querido que lo que se llama el alma,  
aterrados están, cuando ven como los
ávidos destrozan la juventud de sus hijos. 
Están muriendo y son como vampiros
enloquecidos, que sorben la sangre nueva 
para salir de sus tumbas de maldad y de codicia. 

Los mayores, esos ávidos seres
apegados al mundo y al poder
que éste les otorga,
quieren sangre joven
para perpetuarse, para fortalecerse
en esa lucha despiadada por la supervivencia.
Quieren permanecer en sus tronos
conseguidos a fuerza de sangre de otros
jóvenes, a quienes ya destruyeron.
Y los padres, que son mayores,
se diferencian por ser padres,
y es cruel duda pensar
¿Se diferencian?

Las madres lloran, casi
como un hecho inevitable
natural, por este dolor inesperado
y desconocido, asestado en la cabeza; 
la cruel y despiadada conciencia 
de tener que separarse de sus hijos
para siempre, y sin poder entender
cómo será ese para siempre.


Todos, padres y madres,
se preguntan cómo van a vivir
ahora, y este pensamiento insidioso
corrosivo, sin respuesta, 
se atropella y choca con 
esa otra vida, una vida mejor,
vista de antemano por esos hijos
que se les adelantaron en el camino
de regreso al Eterno Origen. 

No hay palabras, dicen todos,
y es que nunca se sabe qué expresar
frente a lo insuperable y magnífico,
lo extraño y nuevo de esa generosidad
de los jóvenes que se anticipan en el camino.
Surgen las pequeñeces para aferrarse a ellas.
La única forma de vivir la inmensidad 
de la muerte, es ocuparse de las nimiedades.
Cuando la vida abandona a los hijos,
los padres no pueden entender ya más, 
el motivo y permanencia
de sus propias vidas.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Un dolor desconocido



Este dolor te parte, te anestesia,
te desorienta, te confunde, te aniquila,
te vuelve contra ti mismo;
te compadeces, te castigas.
Lo ignoras, a veces, inexplicablemente.

No sabes cómo vives, comes,
duermes, cuidas de ti mismo
a pesar de todo.
Este dolor te aniquila y sin embargo,
vives.

Dolor desconocido, inmensurable,
cubre mi ser, me ensombrece
y me ilumina, me golpea y me acaricia,
me llena y me vacía.
No sé si es realidad o pesadilla.

Este dolor desconocido, perenne,
oculto, visible, presente, ausente,
mordiente, destructivo y edificante;
este dolor, un dolor desconocido,
invade mi vida y ¡la sostiene!

Este dolor, como todo en la vida,
es un misterio. ¿Cómo puede alguien
tan frágil soportarlo?¿O es que te
transforma en una roca?
¿O sólo debes vivir para vivirlo?

Este dolor es un dolor...¿cómo decirlo?
No hay palabras que puedan describirlo.
Es todo, es nada, está y no está.
Abruma y anima, te enloquece o
te vuelve reflexivo y calmo.

¿Cómo se puede vivir en este estado?
No lo sé, ¡no sé nada de esta vida!
Quizá este dolor, me traiga algo
de sabiduría. Como en todo lo demás,
tal cosa ignoro.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Te has marchado


Te has marchado,
como siempre lo hiciste,
una vez más,
te has marchado.

En silencio, sin quejas 
ni reclamos
dejando una estela eterna
de enseñanzas,
te has marchado.

Te has marchado, en paz
con una dulce sonrisa comprensiva,
sabedor de nosotros y sabiendo
que no te conocíamos,
y compadecido, te has marchado.

Siempre estabas más allá,
nunca al alcance de nada ni de nadie;
sin embargo tan dulce tu presencia
tan consoladora, tan considerado
y prudente en el trato.

Supe de ti en un momento:
la vida en este mundo se te hizo
insoportable, insoportables nosotros,
insoportable la mentira inveterada,
insoportable ver más allá de ella.

No pude estar jamás a tu altura,
¡Fuiste tan grande y yo tan pequeña!
Y no era sólo en nuestros cuerpos
esa enorme diferencia, no, 
¡lo era en nuestras almas!

¡Pobres de nosotros
que quisimos comprenderte y
explicarnos tu presencia
y tus actos! Pretensión vanidosa
e inútil, ahora lo veo.

Tu ausencia, 
tan grande como tu presencia
en nuestras vida, hará, 
y es de desear que así sea,
que nunca más seamos como fuimos,
y quieras tú que hayamos aprendido
algo, de aquello que tu vida ha dejado.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un muro para llorar



Este lugar ya no alcanza,
necesito algo muy grande
que alcance a contener mi llanto
y  evitar  que todo anegue.

El dolor que me invade
desde fuera y desde dentro,
incontenible se desborda,
me cubre, me ahoga.

Me siento tan pequeña y miserable,
al fin puedo saber de qué estoy hecha:
el dolor interminable me ha formado
y sólo soy harapos de una vida.

El sol resplandece sobre mí
y no entibia ni deshiela
la estatua congelada de mi ser,
ese ser que siempre he sido.

Necesito una enorme piedra
donde derramar mis lágrimas.
Una piedra que no me consuele
ni me abrace, que se quede muda.

Una piedra que, indiferente, 
vea cómo me deshago en llanto
y escuche mis lamentos en silencio
indiferente pero atenta.

Necesito que una piedra me sostenga
mientras voy cayendo y me convierto
en río, y que sea cauce de ese manantial
de dolor interminable. 

Un muro para llorar mi pena,
un silencio para escucharla,
una dureza que no me compadezca,
que tan sólo me sostenga.

Quiero apoyarme en esa piedra.
Tal vez por temor a ser juzgada
busco el apoyo de una roca:
ella, no dirá nada.

No habrá consuelo para mí,
no lo merezco; pero no soporto
más acusaciones, las propias
ya me bastan, me rebasan.

Aquí, en la piedra apoyada, 
mi cabeza se reclina, vencida,
y envidio a la roca 
que por el musgo es protegida.




lunes, 21 de noviembre de 2016

Enigma




A veces, la vida se ensaña con nosotros
O es que nos mira con enojo o severidad
Es duro soportar cada uno de sus golpes
Seguir, ya no de pie, mas de rodillas
Es que la vida viene y va a su antojo
Ella nos hace y nos deshace
Su marcha nos arrastra y nos arrasa
Devasta y asuela sin piedad
Es  la vida que se ensaña con nosotros.

El alma va guardando la experiencia
La memoria no
Volvemos nuestros pasos a la senda conocida
Y, otra vez, la vida se ensaña con nosotros
¿Es que no aprendemos la lección?
¿Hace falta mayor reconvención? ¿Tanta crueldad?
¡Pobre hombre! Él queda sumergido
En la negrura de su desesperación
No pensará, no sabrá qué decidir
¿Acaso no es la ignorancia su constante condición?
Después de todo, la vida se ensaña con nosotros.

¡Pobres de nosotros!
Somos apuestas en crueles manos
Esa es mi percepción
Hay algo o alguien que traza los caminos
Creemos que hacemos nuestros destinos
Ya no lo creo más: es la vida que se ensaña con nosotros
Pero este dolor, ¡es demasiado!
El mensaje de la Muerte ha llegado

Ya se ha llevado a su destinatario.


sábado, 19 de noviembre de 2016

Quitar las malezas


Allí estaba, en el jardín, arrancando la maleza
mientras cavilaba, si así pudiera yo mi vida
limpiar de mala hierba, ¡tan sencillamente!
y dejar mi alma limpia de esas malas hierbas
y que nunca más renazcan.

Allí estaba, en el jardín, arrancándolas,
mientras pensaba, por qué crecen las malezas
entre lo bueno, lo agradable y necesario.
¿Será para que luche el hombre
tratando de quitarlas y fracasando?

Allí estaba, en el jardín, arrancándolas
mientras la negrura de mis pensamientos
iba ganando mi alma y rasgando
mi ánimo, y mi pobre corazón exigido
en un latir ya no querido.

Allí estaba, en el jardín, arrancándolas;
mientras con mis desnudas manos las quitaba
y levantaba tales brozas, mi mente me repetía
¡Si fuera tan fácil de limpiar tu vida!,
y una enorme y helada tristeza me ganaba.

Allí estaba, ya no sabiendo dónde estaba,
arrancando con mis desnudas manos, la maleza,
para herir mi piel como mi alma lo estaba
y apagar de ese modo, aquel dolor incomparable,
y tampoco lo lograba...


Otro dolor


Mi confusa mente no puede parir
aquellas frases que deseo decir.
Mi alma contrita está llena de pesar
y mi corazón ya no quiere latir.

Son días de dolor desconocido
No había imaginado tal pesar:
la Muerte se ha acercado
y ha entrado con suprema majestad.

Son días de dolor nunca sentido:
¿Tantos son? Tan diferentes cada uno
en su causa y en su sensación,
ignorando cada vez, de qué modo es sufrido.

El miedo sobreviene y se une, 
entonces comenzamos a temblar;
el cuerpo desfallece y se sume,
y el llanto pronto a derramar.

Son días de dolor inesperado,
como es todo dolor, 
para el cual no estaba preparado
ni había imaginado tal horror.

¡¿Por qué muere el joven y no el viejo?!
¿Acaso es condena por vivir?
¿Tal vez por no haber sabido amar?
¿Quizá para que sepa del dolor?

Son días de dolor, y en estos días 
he visto mi vida desfilar dentro de mí,
vida que no me ha ahorrado golpes
y que se ensaña en estos días de vejez.

¿Qué más debo aprender?
¿A amar, que no parece ser de mí, virtud?
¿Acaso no tuviera corazón?
¡¿Tanto me cuesta el amor?!

Son días de dolor y más dolor.
Me detengo en un estado de sopor
¿Se anestesian mis sentidos?
¿Me defiendo de la aniquilación?




martes, 8 de noviembre de 2016

LLegado a la vida



A la vida he llegado y sin saber el por qué.
Una mañana, una tarde, quizá una noche;
entre el viento, la lluvia, sol o sombras.
A la vida llegué sin saber el por qué, 
tampoco sé qué hago aquí, ni qué es este aquí, 
ni si soy quien dice ser.

A la vida he llegado, una mañana, una tarde,
y sin saber para qué;
hoy estoy aquí parado, mirando todo sin ver.

A la vida he llegado, 
para algo habrá sido,
lo sé muy dentro de mí;
la causa habré de buscar 
antes de irme de aquí.

A la vida he llegado:
mi temor es no aprender
lo que haya sido el fin 
de estar y permanecer. 
Temo que me retiren
antes de que termine
con lo que haya que hacer.

A la vida he llegado
y aún no sé el por qué;
cada día que termina
me encuentra interrogando
cada final de la tarde:
¿A qué he venido aquí?

Hoy, temprano, en la mañana,
una respuesta hasta  mis labios llegó,
sus palabras eran bellas
y pronto me consolé:
"Has venido para amar,
eso debes aprender"

Iluminado camino e
iluminado ahora voy;
no debo olvidar la causa
ni un instante del día,
mirar con amor mi paso
y el de todos los demás.
He llegado a la vida sin saber 
el por qué, bastó un soplo desde mi alma
y ahora sé para qué estoy.

Cada día en mi mañana
la posta he de tomar:
amar es mi única senda
para eso he de estar,
ser consuelo, ser apoyo,
ser cálido hombro,
sin querer jamás juzgar.

¡A la vida había llegado para
aprender a amar!

Tan importante labor nunca
debo descuidar.
Tal vez no pueda cumplir
pero lo he de intentar.
Es muy fácil olvidar
cuál es la tarea esencial;
soy débil y caigo fácil,
sé que será menester:
¡Que mi alma me reconvenga
y vuelva mi paso al amar!


domingo, 6 de noviembre de 2016

Reencuentro de amor


Antes, he creído conocerlo,

ahora veo que jamás lo comprendí.

Es mi hijo bienamado,

o así lo creía yo,
hasta que aquí hemos llegado
él conociéndome en profundo,
yo, sin saber nada de él.

Hoy me encuentro con un hombre

a quien jamás supe ver:
es conmigo tan sensible; 
es tan frágil, es tan sabio, tan paciente,
tan prudente, como nunca fui con él. 
¡Y me conoce tantísimo!
Siempre me ha visto venir.

No sé cuál es mi estado,

si vergüenza, desconcierto o dolor,
pero sé que poco importa
cómo me sienta yo;
es perentorio que aprenda
a amar como se merece,
mirando su ser y no el mío,
poder parirlo de nuevo,
esta vez desde el amor. 

Tal vez, y eso es lo que anhelo,

la vida me lo permita,
ruego al cielo, al Universo,
a lo que haya sobre mí,
me sea dada la ocasión
de conocer a mi hijo
y darle todo mi amor.


sábado, 5 de noviembre de 2016

Arrebatado de ese abrazo






En sus brazos fríos, 
ella la envolvía,
sostenía muy prieto
de mi amada el cuerpo
Ciego y sin pensar, arrebatar 
a mi amada exangüe, de su abrazo quise.
Combatí con ella,
luché, grité; me aferré
a ese cuerpo ya casi sin vida,
aullando pedí que su abrazo
abriera y me permitiera
abrigarla en los míos.

Ella me miraba,
dudando, implacable,
pero detenida en su acto
terrible e irremediable.
Tuve esperanza y arreció
mi lucha y ya sin temor,
la enfrenté con furia y gran decisión.

Imploré, lloré, grité;
me ofrecí entero, sin vacilación:
¡mi vida a cambio!, le dije espantado,
y ella, otra vez dudando,
aceptó mi oferta, mas, luego,
imperiosa, sin nunca su helada
majestad perder, 
decidió dejarnos, ¡real concesión!

Fascinada la muerte, ante nuestro amor,
se alejó muy lento, como expectante,
no muy convencida...
Entonces quedamos, temerosos, humildes,
sin atrevernos a hacer otra cosa que
estar protegidos, el uno en el otro
en sagrado amor.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Desatarse


Desatarme quiero,
No pertenecer,
No poseer nada
Ni ser posesión.

Desatarme quiero,
Con extrema urgencia
Desatarme pronto,
Tener ya licencia
Sentir que estoy suelto
Que nada me atrapa
Que no tengo lazo
a mi alrededor. 

Desatarme quiero
Sin obligaciones
Beberme los vientos
de las soledades,
En una montaña
lejana y muy fría
Gritar a los vientos
que al fin soy libre.

Desatarme quiero
y por fin, ya suelto,
ir por esos rumbos
que jamás he visto;
tan desconocidos
como yo lo soy
frente a mí mismo.

Desatarme quiero
de mis ataduras,
Esas que yo até
antes de nacido.
Maniatado vine
maniatado sigo:
Desatarme quiero
antes de volver
por esos confines
de donde he venido.

Desatarme quiero.
Si no lo lograra,
es mi cobardía
la que habrá vencido.
Y siempre lo supe,
que de mí depende
deshacer los nudos
que me hacen cautivo.

Desatarme quiero,
romper las cadenas
que arrastro en mi vida;
esas cadenas, pesando en
mis pasos, y no hallo salida.
Desatarme quiero:
Aún no he podido,
Quizá jamás logre 
deshacer el nudo.

jueves, 3 de noviembre de 2016

La vuelta de la pena


Fue como en la noche. Llegó, arrolladora,
imparable, invasora,  siempre en la noche.

Sea noche por fuera, o que no lo fuera,
esa es la escena, ese es el cuadro,
tinieblas rodean, siempre, a la pena.

Uno anda a tientas, todo lo golpea;
se vuelve uno ciego, insensible a todo
lo que no es su pena. Trastabillando,
temeroso, intrigado y débil, tan sólo
espera que todo acabe, que no haya más pena.

Vuelve la pregunta que no se responde:
¿Por qué está de nuevo sobre mí el dolor?
¿Qué causa invisible ha hecho que vuelva?
¿Es que he provocado la ira  de un dios?
¿Los dioses aún miran mis pobres acciones?

Casi demolido, espero el final,
final de la pena, final del dolor,
final de su causa; final de mi vida,
que esta vez parece ya no soportar
y caer vencida. 

Ha vuelto la pena, con ella otras muertes:
muerte de alegría, de baile, de canto,
de placeres simples, de sonrisas leves
o de carcajadas. Ha vuelto, y se queda
interminablemente.



 

martes, 1 de noviembre de 2016

¡Cómo quisiera tener alas!


¡Cómo quisiera tener alas!
Vivir volando y ver abajo desde lejos,
en las alturas.
Vivir con las alas extendidas
y el ojo atento,  errando,
sin buscar caminos, ruta o senderos,
tan desorientado en cada
paso que diera en esos suelos.

¡Cómo quisiera tener alas!
Volar lejos sin límite ni rumbo.
Estar cerca del diáfano cielo,
perderme entre las nubes
que me envuelven.
Sentirme fuera del alcance
del transcurrir humano.
Ser hombre alado
y no arrastrar mi cuerpo
ni perderme sin remedio
en cada encrucijada
de esos suelos. 

¡Cómo quisiera tener alas!
No dejar las huellas en la tierra
y surcar el aire con donaire.
Dar giros interminables
sin marearme
y sentir constante, el aire
despertando mis sentidos.
Sobrepasar los altos picos
y posarme en ellos, y desde allí,
¡ah!, desde allí mirar entorno
sabiéndome a salvo y fuera del 
alcance de todo lo avistado.