más se precisa aquel pensamiento grosero y extraño.
Le parece, al mirarlos, que no hay disimulo,
que la rapacidad de los mayores,
esta rabia impotente de hambrientos,
que es el mundo, que los hace sus víctimas.
Ellos, la madre, el padre,
para quienes el cuerpo de su hijo
ha sido siempre, pese a todo,
más querido que lo que se llama el alma,
aterrados están, cuando ven como los
ávidos destrozan la juventud de sus hijos.
Están muriendo y son como vampiros
enloquecidos, que sorben la sangre nueva
para salir de sus tumbas de maldad y de codicia.
Los mayores, esos ávidos seres
apegados al mundo y al poder
que éste les otorga,
quieren sangre joven
para perpetuarse, para fortalecerse
en esa lucha despiadada por la supervivencia.
Quieren permanecer en sus tronos
conseguidos a fuerza de sangre de otros
jóvenes, a quienes ya destruyeron.
Y los padres, que son mayores,
se diferencian por ser padres,
y es cruel duda pensar
¿Se diferencian?
Las madres lloran, casi
como un hecho inevitable,
natural, por este dolor inesperado
y desconocido, asestado en la cabeza;
la cruel y despiadada conciencia
de tener que separarse de sus hijos
para siempre, y sin poder entender
cómo será ese para siempre.
Todos, padres y madres,
se preguntan cómo van a vivir
ahora, y este pensamiento insidioso
corrosivo, sin respuesta,
se atropella y choca con
esa otra vida, una vida mejor,
vista de antemano por esos hijos
que se les adelantaron en el camino
de regreso al Eterno Origen.
No hay palabras, dicen todos,
y es que nunca se sabe qué expresar
frente a lo insuperable y magnífico,
lo extraño y nuevo de esa generosidad
de los jóvenes que se anticipan en el camino.
Surgen las pequeñeces para aferrarse a ellas.
La única forma de vivir la inmensidad
de la muerte, es ocuparse de las nimiedades.
Cuando la vida abandona a los hijos,
los padres no pueden entender ya más,
el motivo y permanencia
de sus propias vidas.
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