En
sus brazos fríos,
ella
la envolvía,
sostenía
muy prieto
de
mi amada el cuerpo
Ciego
y sin pensar, arrebatar
a
mi amada exangüe, de su abrazo quise.
Combatí
con ella,
luché,
grité; me aferré
a
ese cuerpo ya casi sin vida,
aullando
pedí que su abrazo
abriera
y me permitiera
abrigarla
en los míos.
Ella me miraba,
dudando,
implacable,
pero
detenida en su acto
terrible
e irremediable.
Tuve
esperanza y arreció
mi
lucha y ya sin temor,
la
enfrenté con furia y gran decisión.
Imploré, lloré, grité;
me
ofrecí entero, sin vacilación:
¡mi
vida a cambio!, le dije espantado,
y
ella, otra vez dudando,
aceptó
mi oferta, mas, luego,
imperiosa,
sin nunca su helada
majestad
perder,
decidió
dejarnos, ¡real concesión!
Fascinada
la muerte, ante nuestro amor,
se
alejó muy lento, como expectante,
no
muy convencida...
Entonces
quedamos, temerosos, humildes,
sin
atrevernos a hacer otra cosa que
estar protegidos, el uno en el otro
en sagrado amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario