Miríadas de sensaciones torturantes, acuciantes, que atormentan el ser
día y noche.
Represión de sentimientos portentosos,
que no encuentran su cauce.
Ocultas voluntades sin dueño, que enloquecen la mente y la acosan,
y sin freno,
obsesionan y martirizan al pobre amante fracasado.
¿En quién volcar la pasión enloquecida de un pobre ser, que sin descanso, ama
a quien no le ama, a aquello que se le escurre,
a lo que le demuestra indiferencia y frialdad, esa frialdad, inesperada, esquiva,
que quema sus entrañas?
¿Cómo volcar en su interior lo que no cabe?, ¡no es posible!
Sus sentimientos lo rebasan y desbordan,
y luego le atortujan despiadados;
turbulentos, como las aguas de un dique desatadas,
embravecidas, incontenibles, arrasantes,
y de él... quedan despojos.
La vida retorna, fuerte, y busca resarcirse, y
se pone en marcha.
Su mirada inquieta, desorientada. Con un dejo
triste de la miseria conocida.
Vuelve sus pasos con lentitud: ¡hay tal cansancio!
Algo habrá aprendido: a mantenerse a flote
en medio de un océano de dolor, que, despiadado
lo ha arrastrado hacia negras honduras,
y lo ha devuelto ahora, ¿para empezar de nuevo?
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