Érase una vez un hombre, que solo estaba, y vio una luz,
allá, a lo lejos, y ya sus ojos no pudieron apartarse.
Era una luz deslumbrante, y de mirarla no cesaba,
por su brillo y calidez, totalmenete seducido.
En su pecho, una llama, en su mente una obsesión:
esa luz, cuanto antes, sería suya.
Emprendió, muy presuroso, en su busca, el camino y,
dejó lo conocido, por opaco y deslucido.
Érase una vez un hombre, que solo estaba, y que
en busca de una luz había salido...
Encontraron sus despojos ya resecos, calcinados:
la tal luz, era el amor; su destino inevitable había cumplido.
Éranse muchos los hombres, que el tal destino habían elegido.
El amor, no perdona, y todos ellos han sido destruídos.
Empeñados en gozar de esa luz, todos sucumbimos, que mejor es morir iluminado, que vivir eternamente entre tinieblas.
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