Misteriosos derroteros de la vida,
por los que a tientas ando,
temiendo y sabiendo, que en cualquier
recodo,
la siniestra sombra de mí hará presa
y cautiva quedaré por siempre
en mortal abrazo.
Ese rincón, escondido
y tenebroso, desconocido y natural,
no deja de acechar,
ya que la muerte nos es propia, y de la vida, es el fin.
A nadie se le priva
de este encuentro
final, y en su abrazo
encontraremos, la tan ansiada y desconocida paz,
que, aun sin saber
qué era, es siempre un reclamo interminable,
que en la infinita noche, finalmente, se hallará.
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